Y hubo boda… (otra vez)

Afortunadamente para mi vida social pero desafortunadamente para mi bolsillo, este es el verano de las bodas. Dicen en cuanto alguien rompe el hielo con esto de casarse, es cuestión de muy poco tiempo que el resto vaya cayendo. Pues así ha sido aunque lo cuente con algo de retraso…

Esta vez la boda tocaba en Madrid. Sí, era una boda pero además, suponía el reencuentro de casi todo el grupo que compartimos año en aquella caótica ciudad, y que ahora suena tan lejos, llamada Bucarest. Se casaba nuestra Adinita, a la que cuando estábamos allí le aparecía una sonrisa sincera cada vez que hablaba de él y se le iluminaban los ojos cada vez que venía. Él, Maxi, al principio parecía algo preocupado por dejarla “sola” en un país en el que se desenvolvería mejor que cualquier de nosotros. Estaba claro que iba a acabar en boda y ya lo supimos allí, cuando en las Navidades de 2010 hubo petición y anillo de compromiso.

La boda fue el sábado 28 de julio, fecha que teníamos fijada desde hacía mucho tiempo atrás. Pasamos la tarde del sábado de reencuentro, comida y compras de última hora; luego volvimos a casa, a descansar un rato y a ponernos nuestras mejores galas. La ocasión lo merecía.

La ceremonia en sí fue curiosa. La novia ya salió al jardín cabizbaja para esconder las lágrimas de emoción que a nosotros nos produjeron sonrisas de felicidad. Primero un casamiento por lo civil, muy rápido y algo frío que dio paso a unas palabras demasiado densas y largas por parte de un pastor (nunca supe diferenciar bien entre las distintas religiones). Cuando terminó fuimos a felicitar a la pareja y hubo un momento de emoción máxima, y es que Bucarest unió demasiado.

Boda de Adina

Boda de Adina

Pasamos a un picoteo en el mismo recinto, la habitual sesión de fotos por parte de los novios y luego al exquisito y completo banquete (para satisfacción del novio, que era una de sus máximas preocupaciones). Un rato de sobremesa que aprovechamos para ponernos al día tras unos cuantos meses de la ya lejana vuelta de la capital rumana, para fumarnos un puro asqueroso y para obsequiar a los novios con un detallito.

Luego hubo baile, un poco raro porque la novia se había quedado algo colgada… ¡menos mal que estaba ahí su amiga para sacarla a bailar! Y luego me tocó a mí, que más que bailar pisoteé la cola del vestido en reiteradas ocasiones, no era como aquellos bailes que echábamos en aquel bar llamado Silver Church, donde el alcohol ayudaba en la coordinación, o eso queríamos pensar…

Y para cerrar muchas horas de fiesta: bailamos desde flamenco hasta technodance, intercambiamos mensajes echándo de menos al que faltaba por estar muy lejos de allí, bebimos algunos chupitos, fumamos incumpliendo la ley… En resumen, que lo pasamos genial y casi revivimos aquellas noches locas que compartimos durante un año. Quisimos congelar el tiempo, o volver a entonces, pero como sabíamos que era imposible decidimos fijar una fecha para recordar todo aquello… cuando se cumpla, por aquí lo contaré.

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