Visita fugaz a Zaragoza

La semana pasada me tocó hacer de turrón, vamos, volver a casa por Navidad. Por primera vez iba a pasar estas fechas tan señaladas (como diría aquel), lejos de casa así que decidí volver a casa por unos días.

Tenía además muchas cosas pendientes por hacer así que encima me vendría perfecto para hacer los recaditos pendientes y ver a toda la gente de allí, que aunque nunca se lo diga, llego a echarles de menos.

Jueves 23
El jueves cogí un avión al punto de la mañana con Alex (compañero de la oficina) tras unos pequeños incidentes en el bus de ida y algo mayores en el aeropuerto, donde casi estuvimos a punto de perder el vuelo por el caótico aeropuerto de Baneasa. Salían unos 8 vuelos al punto de la mañana y el control de pasajeros se convirtió en un embudo donde la gente, ansiosa por volver a ver a los suyos, decidió que empujar y gritar era una buena idea…

Compras para Bucarest

14 kgs de recados...

En Zaragoza hice los recados que me tocaban por la mañana con algún que otro susto, que el sistema informático de pasaportes de toda España se hubiese caído y fuese el único día en el que yo podía hacermelo antes de viajar al extranjero por Nochevieja, consiguió ponerme algo nervioso aunque bueno, el karma tenía que recompensarme de alguna manera y decidió que sobre las 19 horas ya me había hecho sufrir demasiado y conseguí sacármelo.

Por la noche cena con los amigos de la universidad (la técnica claro, en la “otra” no se hacen amigos). Echando la vista atrás ya hace 8 años que nos conocemos, parece mentira como pasa el tiempo pero es una gozada saber que, aunque cada uno por su lado, volver a juntarse alrededor de una mesa es como retroceder en el tiempo. Después de hartarnos de carne y sidra decidimos ir a bebernos lo que nos dejaron. Al final, a las mil en casa.

Viernes 24
Me levanté peor de lo esperado, una buena ducha y a seguir haciendo recados. El día pasó más o menos rápido hasta que llegó la hora de cenar. ¡Era Nochebuena!. Cenita en familia; algo sosa, la verdad, y es que ya no nos juntamos como lo hacíamos antes y poco a poco se va perdiendo el espíritu. No obstante sentarse 12 personas en una mesa alrededor de una buena comida (acojonante el “foie” de mamá) siempre es de agradecer.

No tenía intención de salir pero como la cena había acabado demasiado pronto decidí darme una vuelta y seguir quedando con toda la gente que tenía pendiente. Esta vez la noche fue rápida y pude acostarme relativamente pronto.

Sábado 25
¡Navidad! Desgracidamente ni Papá Noël, ni el Olentzero decidieron pasarse por casa a dejar ningún regalito, va a ser que no me he portado durante este año tan bien como creía…

Comida con toda la familia, esta vez sí, nos juntamos todos y lo pasamos en grande. Bebimos poco, comimos mucho y nos reímos más. Alargamos la sobremesa hasta bien entrada la tarde: póker, anécdotas y puestas al día. Después a casita a descansar un poco y a juntarme con más gente porque esa noche, iba a ser la grande…

Echamos unas cervezas, una cenita ligera y luego a quemar Zaragoza. Nos juntamos unos cuantos pero poco a poco fueron cayendo, menos mal que Bea y Nacho los últimos bastiones que quedan por aquellas tierras consiguieron aguantar todo el temporal y nos servimos de apoyo mutuo hasta bien entrada la mañana. ¡Genial!

Domingo 26
Todo el día por delante y todavía demasiadas cosas por hacer, comida con papá, mamá y la abuela, un poco de descanso, un coche que he regalado (o por lo menos cedido hasta nueva orden), un café con unas amigas que quedaba pendiente desde hacía mucho tiempo, preparar la maleta, un bocata muy bien acompañado, varias despedidas y un autobús que iniciaría el viaje más largo en el que me he embarcado…

Lunes 27
Todavía era domingo cuando, a las 23:20, cogía un autobús rumbo a Barajas. Mi intención era dormir unas tres horitas que sabía que me vendrían estupéndamente para lo que vendría por delante pero una atracción irresistible fue la culpable de que no dejase de hablar durante tres horas y cuarto. Nunca el trayecto Zaragoza-Madrid se me había hecho tan corto, no me hubiese importado que durase el doble…

Alex y yo nos bajamos en Barajas, cogimos las maletas y nos tocó esperar un rato al autobús que une las terminales. Cuando llegamos a la T1 decidimos que dormir una hora no vendría nada mal así que, acogidos por una vallado de policía, nos recostamos en el suelo abrazando nuestras maletas y nos brindamos a Morfeo.

Regalo de la mejor compañera de avión que pude tener

Regalo de la mejor compañera de avión que pude tener

Una hora y poco después nos levantábamos con un dolor horroroso de espalda. Estoy acostumbrado a dormir en el suelo pero estaba demasiado frío y a mi riñonada no le pareció buena opción. Facturamos, deambulamos por el aeropuerto probando colonias y a las 6:30 embarcábamos por la puerta B22…

A las 6:40 apareció el primer problema, el avión no parecía estar en concidiciones porque una puerta no llegaba a cerrar bien, no me importó así que me dormí hasta que el olor a quemado me despertó. La gente se empezó a impacientar porque se podía ver algo de humo y el ingeniero no parecía arreglar nada. Dos horas después bajábamos del avión… oh oh…

Vuelo con 10 horas de retraso

¡Retraso!

Fueron pasando las horas y no teníamos noticias, un sandwich y una bebida, obsequio de la casa, gente alterada, gitanos (sin desprecio) tocando el acordeón y gitanas bailando al son del música intentaban alegrar el ambiente, una chica demasiado alterada que no pudo contenter su frustación y se derrumbó, una compañía de mierda (EasyJet) que no puso gestionar un incidente como aquel, hojas de reclamaciones, gritos, más esperas, más sandwiches, menos ánimos y la final, después de 10 horas consiguieron reubicarnos en otro avión… por fin podría volver a “casa”.

A las 21:15, con diez horas de retraso, aterrizábamos en Bucarest. Despedidas de amigos que el destino quiso unir y cuya amistad, breve pero intensa, supuso un gran alivio para sobrellevar todo lo pasado… ¡Gracias!

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